“Y meteré en el fuego a la tercera parte, y los fundiré como se funde la plata, y los probaré como se prueba el oro. Ellos invocarán mi nombre, y yo los oiré”.
Zacarías 13:9
Por: Víctor Manuel Trejo
Durante la década de los 40 del siglo pasado, pocas noticias en verdad sacudían la calma tropical y calurosa de Ciudad Valles.
Transcurría la vida con la calma propia de la provincia.

En la Plaza Principal se distinguía el Templo Presbiteriano, una soberbia construcción estilo neogótico, también conocido como gothic revival, cuyos arcos ojivales son el rasgo más distintivo de la arquitectura gótica, visible en todas las puertas y ventanas del edificio, las cuales terminan en una punta característica en lugar de un dintel recto o un arco de medio punto.
Al diseño, que enfatiza la altura, con ventanas altas y estrechas que guían la mirada hacia arriba, otorgando una sensación de elegancia y verticalidad, había que agregarle una característica que quizá ninguna ciudad en el país tiene: es el único templo no católico que hay en una plaza principal.
La comunidad presbiteriana se ha caracterizado por su perseverancia, desde su arribo al país y la región, en las postrimerías del Siglo XIX y su crecimiento gradual en la región.

La permanencia de la bella construcción en el lugar que ocupa no siempre fue tranquila, pues hubo una petición, impulsada por la comunidad Católica, de reubicarlo para asentar en su lugar un templo de esa congregación.
Ante tal situación y después de las gestiones realizadas por Marín Flores ante el Gobernador Gonzalo N. Santos, el desalojo fue evitado.
Sin embargo, la prueba de fuego para la comunidad presbiteriana, llegaría 27 años después, en 1970, cuando un incendio devastador consumió la emblemática edificación.
De acuerdo a la versión del pastor Rodolfo del Ángel del Ángel, un órgano que se quedó conectado fue la causa del siniestro que acabó con el sitio de adoración de los fieles, ante la fuerza y magnitud del siniestro.
A este hecho pertenecen las imágenes rescatadas y restauradas.
El hecho, caló hondo en el ánimo de la comunidad presbiteriana, sin embargo, prevaleció el entusiasmo y el deseo de reconstruir su casa de oración lo cual no fue nada fácil, pues la exigencia de la autoridad ante la pérdida total del edificio era que se construyese otro que armonizara con la importancia que una plaza principal merece y con todas las normas de seguridad pertinentes.
Y teniendo en mente a Zacarías y con una fe renovada, se dieron a la tarea de reconstruir, piedra por piedra, el lugar común de la fe.

Es esa, quizá, la prueba más difícil que la Iglesia Presbiteriana Asociada Reformada “El Divino Redentor” ha enfrentado a lo largo de sus 126 años de existencia.
Hoy, se yergue en el lugar un templo de características arquitectónicas modernas, de acuerdo con los tiempos que se viven, funcional y tranquilo, con un ambiente de espiritualidad y de sosiego, un lugar de recogimiento y paz.