EN RESUMEN / REDACCIÓN
10 de abril de 2026
Tras diez días de habitar el vacío y observar la Tierra como una “canica azul” desde la distancia más remota jamás alcanzada por el ser humano, los cuatro jinetes de la misión Artemis II están a punto de enfrentar su prueba de fuego definitiva. Literalmente.
A las 18:07 horas de hoy, la cápsula Orión cortará las aguas del Océano Pacífico, frente a la costa de California. Pero antes de ese alivio salino, Christina Koch, Jeremy Hansen, Reid Wiseman y Victor Glover deberán atravesar un “muro” de calor y silencio.
No es un regreso cualquiera. La nave impactará la atmósfera terrestre a una velocidad vertiginosa de 40,000 km/h.
A esa escala, el roce con el aire convierte el exterior de la cápsula en un infierno de plasma, provocando un apagón de comunicaciones que dejará al mundo en vilo.
Durante esos minutos, los astronautas estarán solos, protegidos únicamente por un escudo térmico que José Franco, investigador de la UNAM, califica como “impecable”, pues cualquier error de precisión en el ángulo de entrada sería fatal.
Una coreografía de seda en el cielo
Una vez superado el calor extremo, la física dará paso a la ingeniería de precisión: la cápsula reducirá su velocidad de miles a 480 km/h, una secuencia coreografiada de 11 paracaídas se abrirá en el cielo para
La meta es tocar el agua a apenas 30 km/h, donde buzos y helicópteros de la Marina estadounidense ya aguardan para rescatar a los héroes que marcaron el fin de una pausa de 50 años en la exploración lunar.
EL COSTO DE SER LEYENDA
Aunque vuelven con la gloria de un récord histórico, el espacio siempre cobra una factura. Los cuerpos de Koch, Hansen, Wiseman y Glover regresan con huellas invisibles: pérdida de masa muscular, disminución de densidad ósea y una alteración en sus sentidos del olfato y la vista. Es el precio de haber visto la curvatura de la Tierra desde donde nadie m
Hoy, esa “canica”, la tierra, los recibe de vuelta.