sábado, 10 de octubre de 2026
RINCÓN POÉTICO

EL LIBRERO DEL VIENTO

Por: Juan José Valdespino

Dedicada a Daniel Medina

La vieja Combi Volkswagen azul desteñido rascaba las subidas de la Huasteca potosina exhalando humo blanco, como si el motor también tuviera asma. Al volante iba Daniel. Setenta y seis años, los dedos manchados de tinta barata y una delgadez tan extrema que la ropa le bailaba. En los mercados de San Luis decían que si el viento soplaba fuerte, se lo llevaría volando. Por eso ya nadie recordaba que su primer puesto se llamaba Las Cuatro Estaciones. Para todos era Daniel Cuatro Vientos.

Atrás, donde debían ir los asientos, había construido un universo. Estantes de pino cargaban miles de libros usados, ordenados con celo de monje: manuales de agricultura, poesía de luto, novelas baratas y tomos clandestinos con las portadas gastadas por manos que ya no existían. Detuvo la Combi frente a la plaza de un pueblo ardiente. Apagó el motor, que tosió dos veces antes de rendirse, y se bajó a estirar las piernas de alambre. Miró las aspas de un viejo rehilete que usaban para extraer agua, que en su imaginación se volvió un molino como el de los cuentos y novelas que vendía, chirriando a lo lejos, seco, oxidado, estancado en el polvo.

—Míralos, Sama, hijo mío… —susurró al viento, entornando los ojos con ternura, acariciando el aire con sus manos agrietadas como si tocara el rostro del muchacho que le arrebataron en los años de plomo—. Míralos bien. Siguen siendo los mismos gigantes contra los que peleamos. Solo cambiaron de uniforme.

El olor a libro viejo lo llevó a la gran travesía. Antes de las rejas, antes del miedo, hubo una ruta sagrada. Inspirado por los diarios de motocicleta del Che Guevara, entendió que su misión no era quedarse quieto en un solo sitio, sino llevar la palabra escrita a cada rincón de su tierra. Venía de sobrevivir a las peores heridas de la Guerra Sucia. En la Ciudad de México había marchado con el alma al frente. Estuvo en Tlatelolco en el 68 y volvió a poner el cuerpo el 10 de junio de 1971, durante el Halconazo. No era un universitario de élite; era un ciudadano común, un obrero de las ideas, un autodidacta curtido a pulso entre páginas usadas, con la conciencia clara de que el país no marchaba bien. Recordaba los gritos en San Cosme, el rugido de los camiones grises y a los Halcones abriendo fuego con varas de kendo y armas largas. Vio caer a camaradas, cargó heridos entre hospitales sitiados y sintió en los huesos el terror de un Estado que perseguía cualquier atisbo de pensamiento libre.

Con el peso de esas ausencias regresó a San Luis Potosí y se lanzó a recorrer las cuatro zonas del estado y las fronteras de los nueve estados vecinos. En su viejo vehículo llevaba libros para despertar conciencias. Desafiando la vigilancia, hacía parada obligada en la penitenciaría de la capital. Iba a visitar a sus amigos, los presos políticos de la guerrilla campesina: los Rodríguez, los Rojas Ayala y el legendario Juan Valdés. Llegaba con las manos llenas de dignidad humilde: pan, café caliente y cigarros para el frío de las celdas. Con la astucia que solo da la clandestinidad, se las ingeniaba para camuflar entre la comida algún libro prohibido y devolverles un poco de luz tras los muros.

Sus cuadernos eran un mapa de libertad. En el Altiplano, desafiando el frío seco de Real de Catorce, repartía manifiestos obreros entre mineros y cruzaba hacia Zacatecas, Coahuila y Nuevo León. Allí entregaba la amargura seca de Pedro Páramo de Juan Rulfo, diciendo que Comala no estaba en Jalisco, sino en cualquier rincón olvidado de México. En el Bajío potosino, conectado con Guanajuato, Querétaro y Jalisco, cargaba Los de abajo de Mariano Azuela para enseñarle a los arrieros que la Revolución aún no terminaba. En la Zona Media, entre los campos de maíz de Rioverde y los manantiales de la Media Luna, compartía libros con los campesinos y se extendía hacia Tamaulipas. Pero su verdadero santuario fue la Huasteca. Entre los ríos turquesa de Ciudad Valles y las lloviznas de Xilitla, manejaba bajo ceibas gigantes. Al pasar por Aquismón, tierra mítica y pueblo mágico, cuna del escritor Alberto Enríquez, sus ojos brillaban con orgullo. Se volvía guardián de su memoria; promovía con fervor su literatura, asegurando que para entender el alma de la Huasteca había que leer las letras nacidas de su propia tierra. En veredas que conectaban con Veracruz e Hidalgo, el Boom latinoamericano estallaba en manos de jóvenes indígenas. Les entregaba Cien años de soledad de García Márquez, La región más transparente de Carlos Fuentes y los testimonios de Elena Poniatowska. Cruzaba la geografía potosina repitiendo versos de Mario Benedetti, como si sus geografías de la espera se adaptaran a los cerros de San Luis. En asambleas ejidales abría Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano, recordando que el saqueo era una herida abierta, dedicando cada renglón a los nadie, los que cuestan menos que la bala que los mata. No solo traía a América Latina. En sus cajas convivían universales: la rabia humanista de Los miserables de Víctor Hugo para explicar el dolor de las prisiones y la dignidad sobria de El viejo y el mar de Hemingway, para mostrar que un hombre puede ser destruido, pero jamás derrotado.

Aquello nunca fue un negocio. Jamás se consideró comerciante. De la gente humilde apenas recuperaba lo justo para cubrir los ejemplares y una ganancia tan mínima que a duras penas le alcanzaba para subsistir. Muchas veces, al ver los ojos de un estudiante sin recursos o las manos agrietadas de un campesino que apenas deletreaba, simplemente sonreía y regalaba buena parte del cargamento. Su única riqueza era ver rodar la palabra.

Fue al final de esa larga travesía, en una madrugada de 1974, cuando la realidad lo alcanzó. Al volver a la capital, la Policía Ministerial ya le pisaba los talones. No llevaba armas. Llevaba una mochila repleta de Gorki, de Galeano, de apuntes de sus viajes y poemas de Neruda.

—Conque vendiendo veneno comunista, pinche flaco —le dijo el capitán antes de hundirle la cabeza en un tambo con agua sucia.

Pasó tres años en una celda oscura, donde el único alimento era el rancho rancio y la memoria de las palabras. Cuando salió, el mundo había cambiado. Estaba vigilado, proscrito, condenado a la clandestinidad. No podía pedir trabajo en ninguna parte. Su nombre estaba manchado con el estigma de la subversión. Fue entonces cuando nacieron las cuatro aspas de su rehilete personal —que en su imaginación era un molino como el de los cuentos y novelas que vendía—, bautizadas en honor a las cuatro regiones que había recorrido de joven. Primero fue la bicicleta, con canasta de mimbre en el manubrio, recorriendo los barrios bajos de San Luis. Luego el triciclo de carga, arrastrando cajas de madera bajo el sol del desierto potosino. Años después, un cochecito destartalado al que le amarró un toldo de lona verde que aplaudía con las ráfagas. Y finalmente la Combi, su Rocinante de lámina y gasolina. En cada etapa el desprendimiento era el mismo: cobraba centavos a los que tenían y extendía las manos abiertas con libros gratis para los desposeídos. Repartir libros en las calles no era comercio; era la guerrilla por otros medios. Cada volumen era una bala de conciencia contra el olvido. Como aquella frase de La madre de Máximo Gorki que llevaba grabada en el alma: «La razón de los obreros es una razón joven, a la que hoy le toca reformar el mundo entero».

Pero el pasado nunca se entierra del todo. El verdadero conflicto de Daniel no eran los recuerdos, sino el presente. El monstruo contra el que peleaba ya no tenía rostro de militar, sino de olvido y miseria. Los puestos de plástico barato y las pantallas del celular sustituían a las librerías y la prisa volvía obsoletos sus papeles amarillentos. Además, sus pulmones, gastados por el frío de las cárceles y el polvo de los caminos, estaban claudicando.

Esa tarde lo hallaron leyendo. Estaba sentado en el borde de la Combi, con las piernas colgando, abierto sobre las rodillas un libro delgado y descosido: Versos y oraciones de caminante, de León Felipe Camino Galicia, el poeta zamorano refugiado en México huyendo del franquismo español.

No oyó la patrulla. Leía en voz baja, para sí mismo, como quien reza:

«Por la manchega llanura se vuelve a ver la figura…»

El hombre de traje oscuro y anteojos negros se le plantó enfrente. No era un lector. Daniel reconoció el caminado rígido, la mirada fría de los antiguos agentes al servicio del régimen. Era el mismo caminado que había leído tantas veces en Los miserables de Víctor Hugo, escrita al calor de la revuelta francesa: la persecución incansable de Javert sobre Jean Valjean. El policía que nunca olvida, que no perdona, que convierte la ley en venganza. Aquel agente era su Javert.

De un manotazo le arrebató el libro de las manos y lo rompió por el lomo.

—Nunca cambiaste, ¿verdad, viejo necio? Sigues leyendo estas porquerías. Pura mierda. Mierda subversiva. Un cáncer que debe ser extirpado de una vez. Te libraste una vez, pero esta vez ya no —le escupió mientras pisoteaba las hojas que el viento ya empezaba a llevarse.

Luego sacó del saco una orden de aprehensión con delitos fabricados: sedición, conspiración y sabotaje intelectual. Lo fueron a buscar porque en los sótanos de la capital, bajo golpes y corriente eléctrica, un preso que ya no aguantó la tortura citó su nombre y lo señaló falsamente como organizador del Halconazo. La tiranía necesitaba culpables de alto rango para cerrar expedientes. Daniel miró los pedazos de León Felipe en el suelo y entendió con un hacha fría en el pecho: si caía de nuevo a su edad y con los pulmones deshechos, ya no saldría. Lo querían enterrar en vida.

Sonrió. Una sonrisa flaca. Subió a la Combi y encendió el motor con un rugido de orgullo herido. En lugar de tomar la carretera hacia la ciudad, aceleró a fondo hacia el Altiplano. Las patrullas activaron sirenas, levantando torbellinos de tierra y persiguiéndolo por caminos pedregosos. Manejó con el corazón desbocado hacia los terrenos altos, hasta el borde de uno de los abismos más profundos de la sierra potosina. Con el traqueteo salvaje, los baches y las sacudidas, las viejas cerraduras de las puertas traseras cedieron y se abrieron de golpe. El viento recio de la altura entró como torbellino en las entrañas de la Combi y los libros, liberados de los estantes, empezaron a volar. Miles de páginas, hojas sueltas, portadas rojas, versos de amor y manifiestos proletarios salieron disparados por los aires en una tormenta majestuosa.

Daniel Cuatro Vientos apretó el volante y se desbarrancó por el precipicio. El vehículo voló un instante eterno antes de caer al vacío, rompiéndose contra las rocas del fondo. Cuando los policías y la gente del pueblo bajaron con sogas y linternas horas más tarde, las sirenas mudas solo iluminaban el desastre. En el fondo del abismo únicamente quedaron los restos hechos chatarra del viejo vehículo. Buscaron palmo a palmo entre fierros retorcidos, pero nunca hallaron su cadáver. El cuerpo del viejo simplemente no estaba. Allí nació la leyenda, el mito que justificaba lo increíble. La gente juró que el viento, piadoso y amoroso, al ver que la tierra ya no tenía espacio para tanta bondad, lo había atrapado en el aire antes del golpe para llevárselo volando, curado de sus heridas y convertido en una hoja más de sus amados libros, eterno sobre los campos de San Luis Potosí.

Por eso, cuando el viento corre presuroso por los campos, pareciera traer historias, poemas, cuentos lejanos. Trae voces con lenguajes a veces extranjeros, a veces viejos: el susurro de Víctor Hugo consolando a los miserables en el calabozo, la risa caribeña de Gabo desafiando a la muerte y el llanto seco de los fantasmas de Rulfo atrapados en el polvo del desierto. Son las páginas infinitas de Daniel que se niegan a caer. Es el viejo librero que sigue viajando a ras de suelo, acariciando el rostro de los desposeídos con el lomo de un libro invisible, trayendo en sus ráfagas voces antiguas de guerra y de paz, voces inocentes de guerrilla paridas por el hambre, ecos de revoluciones traicionadas y utopías que quedan flotando entre cactus y nopaleras de los pueblos potosinos. Es el viento de los nadie, de los pobres que sueñan como la pulga que sueña con comprarse un perro, los postergados de siempre que encuentran en el aire un susurro que les devuelve el nombre. Es el viento que le recuerda a los hombres de manos agrietadas que mientras el aire sople, la memoria no se quema, la justicia tiene alas de papel y la libertad, como él, conserva siempre su eterna, invencible y bendita locura.

Deja un comentario