Por: Juan José Valdespino
Doña Felicidad nació una mañana de sol chiquito, de viento dulce, cuando las palomas hacían cucú con ese canto manso que parece rezo, y los pájaros daban vuelos cortos, bajitos, como si no quisieran despertar al mundo.
Las nubes parecían ovejas recién lavadas, recién contadas por un pastor. Afuera, florecían blanquitas las flores de mayo, se abrían despacito sus diminutos pétalos, y entre la hierba asomaban esos amores de un rato chiquitos, amarillos, que duran una mañana y con eso les basta.
En su pueblo, la vida era sencilla y pareja. Pero un día le tocó mudarse a la gran Ciudad.
La Ciudad era un monstruo de cemento que rugía con furia. Había gritos, bocinas y millones de personas corriendo hacia ninguna parte. Para cualquiera, eso era la realidad. Pero Doña Felicidad, que llevaba el apellido Chiquita por parte de madre y por pura convicción, sabía un secreto: la realidad no es más que un cuento que nos contamos entre todos. Si la gente decidía que la Ciudad era un caos, entonces lo era. Pero ella tenía unas tijeras invisibles en la mente para recortar el mundo.
Cuando se bajó del autobús, un camión enorme pasó junto a ella. El motor rugió como un dragón y salpicó un charco de agua sucia que manchó su vestido. Un hombre a su lado se llevó las manos a la cabeza.
—¡Qué tragedia! ¡Esta maldita Ciudad nos destruye! —gritó el hombre, atrapado en su propia realidad gris.
Doña Felicidad Chiquita miró su vestido. Vio la mancha negra. Sonrió.
—Vaya —dijo con voz de cascabel—. Un mapa de islas misteriosas directo en mi falda. Siempre quise viajar.
En ese instante, la realidad del hombre chocó con la de ella. El sujeto parpadeó, miró la mancha, miró la sonrisa de la anciana y, por un segundo, el monstruo de la Ciudad se encogió. El caos se desactivó.
Doña Felicidad consiguió un cuarto en un edificio altísimo. Los vecinos vivían asustados por las deudas, el tráfico y las noticias. Ella, en cambio, filtraba todo lo complejo. ¿Que subía el precio de la luz? “Una gran oportunidad para encender velas y jugar a los fantasmas buenos”, decía. ¿Que el alcalde anunciaba una crisis económica mundial? “Perfecto, así aprenderemos a hacer sopa de pan, que es la más sabrosa”.
Un martes de invierno, ocurrió lo que la Ciudad llamó “La Gran Tragedia del Distrito Cuatro”. Un rayo rompió el transformador principal. La luz se fue, los trenes se detuvieron y los semáforos quedaron ciegos. El pánico colectivo se activó. La gente empezó a gritar en las calles, intersectando sus miedos como cables pelados. El aire pesaba.
Doña Felicidad Chiquita salió a la acera con un farolito de papel y una bolsa de canicas. Se sentó en el suelo, justo en medio del cruce de calles más ruidoso.
Un ejecutivo corría tropezando, con el teléfono sin señal.
—¡Es el fin del comercio! ¡Nos vamos a la ruina! —exclamó al verla.
—Señor —lo llamó ella con dulzura—. El mundo no se rompió. Solo se apagó el ruido para que escuchemos el viento. Mire, juguemos a las canicas en el asfalto. Las ciudades se hicieron para jugar, solo que a los adultos se les olvidó cómo hacerlo.
El ejecutivo se detuvo. El laberinto mental en el que vivía se desmoronó ante la lógica aplastante de la pequeñez. Se arrodilló. Su traje caro se ensució de tierra, pero no le importó. Lanzó una canica. Luego se sumó una vendedora de periódicos. Después un policía. Al rato la calle era un verdadero kínder.
Para cuando volvió la electricidad, la realidad del Distrito Cuatro había sido hackeada por Doña Felicidad. El caos complejo se había vuelto un juego chiquito, simple y desactivado. La Ciudad siguió siendo grande y ruidosa, pero ahora tenía una pequeña grieta de optimismo por donde, a veces, se alcanzaba a ver el sol de su infancia.
Y así transcurrió su vida en un pequeño cuartito de azotea desde las alturas. Nadie sabía su gran secreto, pero todas las tardes ponía su café chiquito en su tazita chiquita, como los jueguitos de té de su niñez. Sacaba su vieja muñeca Adivinó —chiquitita también— y juntas veían pasar a la gente desde las alturas como si fueran hormigas.
Desde allí arriba, el mundo no daba miedo. Los camiones monstruosos parecían carritos de juguete. Los rascacielos grises se convertían en bloques de madera para armar. Doña Felicidad soplaba el humo de su café y el viento se llevaba las preocupaciones de la gran urbe, dispersándolas hasta volverlas invisibles.
La anciana acomodó a la muñeca sobre sus rodillas y le dio un sorbo a su taza chiquita. Abajo, el ruido de los motores subía en un eco apagado.
—¿No te parece, Gertrudis, que algo se está deshilachando en el mundo? —susurró Doña Felicidad, acariciándole el pelo de estambre—. Míralos correr. Es como si alguien hubiera empezado a desgarrar un pequeño hilito de su gran vestido gris y todos tuvieran miedo de quedarse desnudos.
Gertrudis la miró con sus ojitos de botón del cual pareció salir una minúscula lagrimita.
Doña Felicidad la apretó contra su pecho.
—Ay, Gertrudis —le dijo bajito—. ¿Tú crees que el mundo se arregla haciéndolo más grande?
La muñeca no respondió.
—Yo digo que no —continuó Doña Felicidad—. Yo digo que se arregla haciéndolo más chiquito. Tan chiquito que quepa en una mano. Tan chiquito que nadie se pelee por él.
Gertrudis la siguió mirando, pero ahora su lagrimita ya parecía de consuelo.
Doña Felicidad sonrió con ternura, apartó la mirada de la calle y señaló un rincón del suelo de la azotea, donde el concreto viejo cedía.
—Pero ven, mira esto, Gertrudis —dijo, acercando a la muñeca a la orilla del piso—. Aquí mismo, entre esta grieta en las alturas, está naciendo esta pequeña flor. Con una sola de estas nos alcanza para volver a coserlo todo.