Víctor Manuel Trejo
19 de agosto de 2026
La reciente visita de la pastora presbiteriana, Rev.Magdalena Irma García, Augusto Torres, Margarita Aranda y Silvina Mamani, miembros de la Ravenswood Presbyterian Church, en Chicago, Illinois, nos ha dado la oportunidad de informarnos de primera mano de la situación terrible que viven los migrantes en la Unión Americana.

Durante una entrevista concedida a varios medios de comunicación locales, hicieron una relación puntual de las atrocidades que las autoridades del ICE cometen con los migrantes, atropellando flagrantemente los derechos humanos de éstos, acosándolos en la vía pública por el color de su piel.
Señalaron la presencia de grupos de la mal llamada Supremacía Blanca, aún más radicales, el uso por parte de las autoridades de dispositivos de choque eléctrico para someter a los infortunados indocumentados o no, que se atraviesan a su paso.
Todo eso a pesar de que Chicago es un bastión demócrata y los protege.
Pero también nos dejaron ver la otra cara de la moneda, de los grupos religiosos y de la sociedad civil que protestan por esos abusos, que son solidarios con los migrantes y les brindan apoyo espiritual, alimentos y los canalizan hacia instituciones que les proporcionan asesoría legal.
Y esta es la parte grata de esta situación, en la que personas de varias denominaciones religiosas y seculares, demuestran empatía por los mexicanos y migrantes de varias nacionalidades, pero además entre estos apoyadores se cuentan muchas personas ciudadanos legales de piel blanca, quienes conscientes de que Estados Unidos es un país de inmigrantes, lo asumen y lo entienden.

Por ello, es urgente trascender la indignación y convertir la empatía en acción organizada. No basta con lamentar la persecución que sufren nuestros paisanos del otro lado de la frontera; se vuelve indispensable construir una sólida cadena de ayuda y acogida de este lado para recibir a quienes son injustamente deportados. Reintegrar a un migrante con dignidad implica articular a gobiernos, iglesias y sociedad civil para ofrecerles techo, alimento, atención médica y un acompañamiento legal y laboral que les devuelva la certeza de un futuro.
La verdadera esperanza no reside únicamente en la resistencia de quienes luchan en suelo estadounidense, sino en la capacidad que tengamos como comunidad para ser refugio y soporte de quienes regresan con las manos vacías pero con el corazón intacto. Extender esa mano fraterna e integrar una red inquebrantable de apoyo a repatriados es el acto ético más humano que podemos asumir hoy: la certeza de demostrarles que, sin importar las fronteras ni las atrocidades del camino, aquí no están solos.