De la cerrazón autoritaria al desafío de la memoria
Víctor Manuel Trejo
2 de octubre de 2026
El 2 de octubre no es una fecha en el calendario; es una cicatriz en la memoria colectiva de México. Han transcurrido casi seis décadas desde que la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco se tiñó de sangre, y el eco de las bengalas en el cielo nocturno de 1968 sigue retumbando como un recordatorio brutal de lo que sucede cuando el Estado ve a la juventud contestataria no como la promesa de un futuro, sino como una amenaza que debe ser silenciada.
Para entender el peso del 2 de octubre, es preciso mirar el mapa político de aquel 1968.
Gobernaba un régimen de partido hegemónico, hiperpresidencialista y alérgico a la crítica.
Bajo el mando de Gustavo Díaz Ordaz, la disidencia se tipificaba implícitamente como traición a la patria, (¿les suena conocido?)

El movimiento estudiantil no pedía la revolución armada ni el derrocamiento del gobierno; exigía puntos tan elementales como la libertad de presos políticos, la derogación del delito de “disolución social”, la destitución de jefes policíacos y el diálogo público. La respuesta del aparato estatal fue la paranoia anticomunista, la cerrazón absoluta y, finalmente, el uso desproporcionado de la fuerza militar.
El panorama del México contemporáneo es irónicamente, imuy parecido en sus formas que no en sus instituciones y contrapesos, el régimen anterior y el actual se han encargado de modificarlas de tal suerte que queda poco de ellas y la libertad de expresión —impulsada por el ecosistema digital— impide que las voces críticas resuenen al igual que el pasado, aunque con una cara distinta, oculta, soterrada.
Las vías institucionales para el diálogo están amenazadas por nuevas legislaciones a modo.




Sin embargo, la lección de 1968 no radica únicamente en condenar a un régimen caduco, sino en vigilar permanentemente las tentaciones del poder político. El uso de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad pública, la polarización del discurso social y los riesgos de la intolerancia ante la crítica ciudadana son llamados de atención constantes. La democracia no es solo la celebración periódica de elecciones, sino la garantía irrenunciable de que ningún ciudadano será perseguido, agredido o asesinado por manifestar sus ideas.
Tlatelolco nos dejó un mandato ético insoslayable: hechos como la matanza del 2 de octubre no pueden ni deben volver a suceder en México jamás. La fuerza del Estado nunca debe utilizarse para aplastar el disenso ni para acallar la exigencia de justicia. Recordar 1968 no es habitar el rencor, sino defender la vida, la libertad y el derecho a disentir como los pilares innegociables de nuestra sociedad. Porque un pueblo que olvida la violencia del pasado condena su futuro a repetirla.